viernes, 16 de diciembre de 2016

"Ito, ito, ito... Aznar hijo de puta"

Los 20 años. La Universidad. El compromiso. La LOU, Irak, el Prestige. Una generación de jóvenes que lo tenía todo, por fin, ante la oportunidad de emular a sus padres. Era perfecto.

Los universitarios de principio de siglo lo tenían todo hecho. Pensábamos lo que queríamos, decíamos lo que queríamos. Había trabajo. Los hijos de la clase media con conciencia de clase nos aburríamos. Nos nos dejaron ni ser insumisos

Menos mal que pudimos rebelarnos contra algo, contra alguien. "Ito, ito, ito... Aznar hijo de puta", "obreros y estudiantes, unidos y adelante", "España, mañana, será republicana". Todos a las calles.

"España, mañana, será republicana". Mi padre se giró y me miró con la ternura que sólo es posible en quien se reconoce en su vástago: "Eso gritábamos en los '70 pero no tiene pinta de que vaya a pasar". 

40 años después, seguíamos igual. En la calle. Un presidente con bigote. Papá Cuéntame otra vez. Ya saben. Nostalgia de los grises. Lo habíamos visto en los documentales de Victoria Prego.

Los documentales de la Prego nos enseñaron lo que fue la transición. Lo que los que la pilotaron dicen que fue la transición. El consenso, la negociación, entenderse con el enemigo. Todos a una. Sonaba bien.

En algún momento eso empezó a desmoronarse. El Rey es el elefante Blanco, Suárez un interesado, Carrillo un traidor. Los franquistas siguen al mando. Y no votamos la Constitución. El régimen del '78, ya saben.

Ni tanto. Ni tan calvo.

Me sorprende la prepotencia de compañeros de generación que se atreven a despreciar un proceso que no vivieron. Y a todos los que, sin haberlo vivido, se suben a ese carro. Con sus errores y sus aciertos, lo que se hizo aquellos años era, probablemente, lo mejor que podía hacerse en aquellos años. 

Pero ya no son aquellos años. Casi todo lo que se hizo necesita ser actualizado, cambiado, mejorado. Hagamos preguntas incómodas, cerremos heridas, escuchemos a los que quedan, encerremos a los delincuentes. Las enmiendas a la totalidad, para los PGE.


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miércoles, 14 de diciembre de 2016

La (necesaria) hipocresía del compromiso

Tengo un primo que se ha hecho anarkista. Con K. Quiere socializar viviendas, cazar nazis y hacerse vegano. Comer sólo la carne de animales que mate con sus propias manos. 

El fascismo es el brazo armado del capital. Occidente mata y viola niñas en África para que tú tengas Smartphone. Hay dinero para todos pero está mal repartido.

Me lo cuenta en la cocina de sus padres. Del chalet de sus padres. El chaletazo de sus padres. Contesta whatsapps en su Samsung Galaxy S7. Le pide dinero a su madre para comprarse una bomber y unos parches de Skin. De Skin de izquierdas. Porque los Skins son de izquierdas.

Mi amigo Carlos recicla vidrio. Recicla papel. Tiene un contenedor amarillo. Uno verde. Otro azul. Utiliza, reutiliza y vuelve a utilizar. Fun fun fun.

No compra en grandes cadenas de ropa por la explotación infantil. No compra en ese supermercado. La fruta y la verdura, de una cooperativa. El café, de comercio justo. Se mueve en bici. No bebe coca cola. Explotadores. El aceite de palma es satán.

Trabajamos juntos en una empresa con su (más que probable) ingeniería fiscal, su (más que probable) explotación laboral y su (segura) preocupación por ganar el máximo dinero posible. Le he visto ropa de multinacionales y le gusta el fútbol.

Carlos y mi primo exigen un nivel de compromiso y coherencia difícil de alcanzar. Es inevitable  que vivan con cierta dosis de hipocresía y autoengaño. Lo honesto fácil es conducir un Cayenne, comprar ropa hecha en Tailandia y que tu chacha pagada en negro haga la compra sin mirar de dónde salen los productos del carro del hipermercado.

Carlos cree que, si todos siguiéramos su ejemplo, el mundo duraría más y los que hoy lo habitamos viviríamos mejor. Mi primo está convencido de que el mundo es un lugar desigual, injusto, feo. Y tienen razón.

Así que, puestos a elegir, prefiero a un hipócrita.

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viernes, 1 de julio de 2016

Un gordo, un cura y un bote de silicona

Algo le pasa a un país que entierra a sus muertos como quien arregla un váter. Que llora a sus muertos como si fuera 1920.

Le pedimos cambio a un país que abre los tanatorios toda la noche. Le pedimos cambio a un país que procesiona tras el coche fúnebre desde la iglesia hasta el cementerio. Bajo el sol. A 35 grados. En julio. Familiares, amigos y viejos curiosos que se felicitan porque se han vuelto a librar.

Le pedimos cambio a un país que reza ante el nicho vacío. Por costumbre. El cura empieza un padre nuestro que los asistentes completan sin entusiasmo. Alma salvada. Silencio. Llantos ahogados. Silencio.

Un gordo de mono azul se monta en un motocarro. Se aprientan los puños, se secan las lágrimas. Se pausa el dolor. Silencio. El gordo arranca el mototcaarro. Suena un pitido como los de los camiones container al dar marcha atrás. Piii, Piii, Piii. Se acerca despacio al coche fúnebre.

Sube el ataúd al motocarro. Piii, piii, piii. Se para frente a la fila de nichos. Es el de arriba. Un cm más alante. Piii. No, dos más atrás. Piii. Sube el ataúd con la plataforma hidráulica. Un poco más arriba. No, un poco más abajo. No anda fino con la palanca. Ahí. Empuja el ataúd.

El gordo aplica un cordón de silicona alrededor del nicho. Coloca una tapa de plástico que parece una bandeja de hospital. Termina el trabajo con cinta aislante de aluminio. Baja la plataforma hidráulica. Se aleja despacio. Piiii, piiii, piii.  Desaparece antes su imagen que su sonido.

"Lo siento mucho", "te acompaño en el sentimiento", "ha sido rápido", "mejor así", "sólo 61 años"... Se acabó.

No hay nada prosaico en la muerte, en ninguna muerte: ni Poes, ni cuervos, ni velas, ni grandes discursos. La despedida más emotiva que he visto nunca se la dio un padre a su hijo de 17 años. No fue un discurso sobre momentos vividos o futuros truncados. Sólo tres palabras y un puñetazo sobre el ataúd: "Joder, Sergio, macho". Un último acto paterno. Una bronca piadosa por irse demasiado pronto. En ese funeral no hubo ni gordo, ni cura, ni bote de silicona. El dolor sí estuvo. Y sigue. Pero igual hay esperanza.

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jueves, 19 de mayo de 2016

Soy machista

[¡Atención! Spoiler del capítulo 1 de la tercera temporada de House of Cards]
Si seguís 'House of Cards' sabréis que Frank y Claire Underwood tienen "un pacto". Poco se especifica en las dos primeras temporadas. Consiste en aumentar su poder en la política americana.




La cima (lo que entonces lo parece) llega al final de la segunda temporada, con Frank investido presidente de los Estados Unidos de América.

Ya está, el pacto ha dado resultado, ÉL es presidente, ELLA podrá beneficiarse de ese poder. Así lo había interpretado yo.

El primer capítulo de la tercera temporada explicita el pacto. ÉL será presidente primero con el apoyo de ELLA, periodo que ella aprovechará, con el apoyo de ÉL, para prepararse y acabar siendo presidenta.
Es decir, el pacto es recíproco. Los dos se apoyarán, manipularán (y lo que haga falta) para ser presidentes.

Si bien él disfrutará del poder primero, el pacto es mucho menos machista que en mi planteamiento, donde ella era casi una mujer florero (cosa que, por cierto, no le pega nada al personaje).

Así que sí, me jode, pero hoy me he descubierto machista. Por eso, porque todos (o casi todos) nos descubrimos dejes así a diario hacen falta programas como nuestro #l6cEresMachista. Vedlo.

PD Me encanta-jode que la actualidad me dé la razón. Justo hoy se ha sabido que Robin Wright ha conseguido que le paguen lo mismo que a Kevin Spacey. Poco me parece por el papelón que hace.

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sábado, 19 de diciembre de 2015

Retrato de una legislatura

Aunque ocurrió seis meses antes de las elecciones, podríamos decir, creo, que la legislatura empezó el 15 de mayo de 2011. Empezó, por tanto, al revés, con el pueblo gritando en las calles y la derecha arrasando en las instituciones, en ese orden. El orden lógico es el opuesto.


laSexta columna nació mientras la segunda legislatura de ZP agonizaba, sin ánimo de continuidad, con la idea primigenia de intentar entender qué había pasado en España para que al gente tomase las plazas. Seis meses después de aquel 15M, el 13 de noviembre de 2011, una semana antes de las elecciones, se emitió el primer laSexta columna. Es esta:


Desde entonces hemos hecho cerca de 150 programas en los que, mal que bien, ha quedado retratado el estado español, como dicen algunos, la patria, como dicen otros o, simplemente España, sus gentes, sus miserias y, sobre todo, su clase política.

Hoy es la jornada de reflexión y he pensado que, quizás, a alguien le interesaría recordar qué ha pasado en estos 4 años antes de votar. Ahí van todos los programas de contenido económico y político que hemos hecho en laSexta columna. Hay de todo, corrupción, crisis de los partidos tradicionales, surgimiento de los nuevos, recortes, desigualdad, crisis de las instituciones, paro, despilfarro, desmantelamiento del estado del bienestar...

Servíos, y mañana votad en consecuencia, lo que os parezca más apropiado

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domingo, 15 de noviembre de 2015

París es nuestro. No suyo.

Visité París por primera vez con 15 años. Un coche cama, Talgo supongo, nos llevó  mis padres y mi hermano desde Chamartín hasta una estación de París. La Gare du Nord, la de Sud, no recuerdo. El hotel estaba bien, desde la azotea se veía la Torre Eiffiel, a la que podíamos llegar tras 15 minutos de paseo por un (recuerdo), precioso Boulevard. Fue un viaje de turismo puro, de Eurodisney, Versalles, Arco de Triunfo, Torre Eiffiel, Louvre, Orsay... Todo, o casi todo andando. 16 horas en la calle. De monumento a monumento y tiro porque me toca.


Volví con 18 años, en el primer viaje al extranjero que hacía con Arantxa. Fue el 13 de septiembre de 2001. Al llegar al Charles De Gaulle el ejército patrullaba. Por si acaso. Repetí el itinerario que ya conocía. Ella no había estado. Unos adolescentes nos tiraron unos helados frente al Mouline Rouge por no hacerles caso. Tenían mala pinta (los chicos, no los helados). Era medianoche. El mejor hotel que pudimos pagar estaba en esa zona. Robábamos el pan y el embutido en el desayuno para comer a mediodía. Mi cuñada nos prohibió subir a la Torre Eiffiel. Por si le estrellaban un avión. Me enfadé, pero no subimos. El miedo ganó esa pequeña partida.

Volví una tercera vez. Hace justo 5 años. En noviembre de 2010. Un fin de semana. Subimos a la Torre Eiffiel. Le pedí a Arantxa que se casara conmigo arriba del todo. Nuestro hotel estaba a 2 minutos andando de allí, cerca del puente donde murió Lady Di y los Inválidos.
Subimos a Notre Dame. Nevaba. Paseamos entre las luces de navidad de los Campos Elíseos, por el barrio latino, por los bulevares cerca de la Sorbona, del Panteón, junto al Sena. La Plaza de la Bastilla, Père Lachaise, la Plaza de la República. El París que intentaron asesinar el viernes.

En mi siguiente visita quizás pasee por el Bd Voltaire, Bataclan, Le Carrilon... Ese turismo macabro de WTC, Atocha o Liverpool Street.

Casi todos tenemos un París en la memoria.Y todos se parecen aunque todos sean distintos. Y nunca será el que ellos quieren sino el nuestro. Yo quería escribir el mío, que cuelga además de la pared de mi dormitorio

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